Redacción.-Todo el ritual del toreo tiene como finalidad una idéntica obsesión: taladrar el cuerpo del toro, y llenar su cuerpo de heridas y agujeros; cuantos más mejor. La manía de martirizarlo empieza cuando el animalillo tiene unos cuantos meses de edad: a modo de anticipo, se le marca con varios hierros al rojo vivo, y acto seguido, con la piel aún chamuscada, se le cortan en vivo trozos de su oreja para que tenga unas señales imborrables que le acompañarán hasta el día de su muerte. Unos meses más tarde, dos caballistas armados con una garrocha le perseguirán en pleno campo, y acosándolo, le clavarán una garrocha afilada, lo derribarán y cada vez que se levante se la volverán a clavar. Cuando pasen otros meses, la misma operación con más agujeros, se repetirá. Al llegar a la plaza de toros, se le clavará primero una divisa, y acto seguido, dos o tres puyas de bastantes centímetros de profundidad. La tortura continuará a los pocos minutos, hundiendo 6 banderillas más en el morrillo. Como colofón de este bárbaro ritual, el matatoros clavará al indefenso animal unas cuantos estoques y varias puntillas para acabar de rematar esta siniestra danza de la muerte. (Marzo 2010)
01-03-2010 / Noticias de España , Número 35 Enero-Abril 2009
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